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La Cripta de los Arzobispos, una joya escondida en la Catedral

Lunes, 25 de Julio de 2005

La Crónica de Hoy / Ricardo Pacheco Colín. Al entrar a la Cripta de los Arzobispos, bajo el piso de la Catedral Metropolitana de México, la impresión es enorme, no sólo por estar ante un espacio en cuyas paredes se observan decenas de nichos con tapas de cobre que guardan los restos mortales de estos ministros de la Iglesia, sino por la presencia de una calavera Mexica de piedra que a unos pasos de la puerta saluda al visitante desde el fondo de sus ojos huecos.

Estamos bajo la Catedral, una mole que pesa 127 mil toneladas y que se hunde sin remedio a razón de 7 centímetros por año.

Llama la atención que el cráneo en cuestión esté colocado como una ofrenda a los pies de la estatua yaciente del primer Arzobispo de México, Fray Juan de Zumárraga; a la sazón, defensor y educador de indígenas en aquellos años aciagos, tan llenos de abusos por parte de los encomenderos.

La escultura del fraile está trabajada a la manera de un sarcófago, y representa al franciscano en tamaño natural.

Son las 9:30 de la mañana del último domingo de julio. Bajo un sol tierno, la guía que nos asignó el CONACULTA, María del Socorro Sentíes Corona, se detiene ante la puerta oriente de Catedral. De repente nos sorprende descubrir un hueco excavado en el suelo como de 5 metros de diámetro, justo bajo la enorme puerta de madera.

Descendemos por una escalera de caracol pintada de amarillo. Al llegar al piso de este sótano la vista es impresionante: hacia el frente y hacia los lados hay miles y miles de nichos con tapas de mármol que guardan restos humanos. Los apellidos se suceden en una lista interminable.

Caminamos con la respiración contenida. En uno de estos pasillos laterales aparece el señor Lázaro Solís, quien lleva 15 años trabajando en los sótanos. Él asegura que en todo este tiempo no ha visto ni oído nada extraño, que "más peligrosos que los muertos son los vivos".

Informa don Lázaro que hay 11 mil nichos en todo el espacio bajo Catedral, pero que ahora sólo unos 20 están disponibles para ser usados en lo inmediato.

El más caro de éstos tiene un precio de 25 mil pesos, pero con perpetuidad y con capacidad para ocho personas… Una ganga.

Aclara don Lázaro, como para que uno se anime: "No se tiene que ser alguien importante para reposar aquí. Nomás se paga y ya".

Para acondicionar todas estas miles de criptas se tuvieron que remover miles de metros cúbicos de arcilla, lo que sirvió también para nivelar y orientar este barco de piedra que es la Catedral.

Minutos más tarde damos vuelta por un pasillo lateral. De pronto, justo bajo el Altar de Los Reyes, la impresión aumenta: aparece un espacio circular en cuyas paredes se observan decenas de nichos con tapas de cobre reluciente.

La luz es dorada, el ambiente tétrico. Es la Cripta de los Arzobispos. Penetramos al lugar y no habíamos avanzado unos cuantos pasos cuando la puerta empezó a cerrarse sola. "No se preocupen --grita la guía--; la reja se detiene antes de cerrar". Respiramos.

En la cripta están los 39 arzobispos que ha tenido esta Ciudad de Los Palacios, desde Fray Juan de Zumárraga, a quien le corresponde el número uno de la lista.

Hay tres gavetas más: la 40, 41 y 42, pero están vacías: en este orden son de Miguel Darío Miranda, Ernesto Corripio Ahumada y Norberto Rivera Carrera.

Corripio y Norberto están vivos, pero los restos mortales de Darío Miranda esperan en unos nichos especiales situados a ambos lados de la puerta de hierro en los llamados "pudrideros".

Según la costumbre aquí esperan los últimos arzobispos muertos para que años después, cuando muera el que los sustituyó, saquen sus cuerpos y sean depositados en la pared con su correspondiente tapa de cobre, su escudo heráldico y el número correspondiente.

Es curioso, pero en la tapa de la gaveta de Corripio Ahumada se lee junto al escudo heráldico: "La paz sea con nosotros", y su escudo está compuesto de flores con el Crismón, uno de los primeros símbolos de Cristo, colocado en medio.

Fue en 1937 cuando en los sótanos de Catedral se construyeron estas criptas para particulares y bajo el Altar de los Reyes, joya del barroco, se edificó esta Cripta de los Arzobispos.

El asombro continúa: en el centro de este espacio extraño y simbólico está el monumento a Fray Juan de Zumárraga. Aparte de la calavera Mexica de piedra, ya despojada de sus abalorios, se mira en el techo, como cubriendo a Fray Juan, una hermosa Cruz Griega de grandes dimensiones, adornada con mosaicos azules.

Sorprende la cruz por el significado histórico, mágico y hasta esotérico que este símbolo tiene: viene de la época bizantina, era la imagen de Los Cruzados de Jerusalén y, a diferencia de la cruz cristiana, se caracteriza porque sus brazos son del mismo tamaño.

Dicen los esotéricos que posee la virtud de revertir las energías negativas en positivas.

Extraño, pero está ahí en un templo católico bajo el altar mayor de Catedral, para cualquiera que quiera admirarla.

"Es la Cruz de Jerusalén, la Cruz de Tierra Santa", aclara María del Socorro; y "está ahí porque Fray Juan era franciscano. Y los franciscanos siempre tuvieron la custodia de algunos templos en Tierra Santa".

En este lugar que amalgama en su silencio de mármol y piedra las grandes culturas que se encontraron hacia los primeros años del siglo XVI, recuerda Socorro Sentíes, nuestra guía, que hace 26 años había misas en honor de los difuntos, pero que ya no se dan.

Luego, la autora del libro Cómo vemos la Catedral Metropolitana de México y su Sagrario en el siglo XXI (s.f. y s.p.i), llama nuestra atención:

"Este altar es muy bello --señala una mesa alta y angosta hecha de cantera y con copas de cobre encima--, significa la unión de las dos culturas, la Mexica y la Española.

"Todo esto es nuevo --agrega--, porque al estar sacando la tierra de este lugar encontraron varias piezas prehispánicas, la cuales en su mayoría se llevaron al Templo Mayor. Pero aquí, éstas quedaron en un museo in situ. Esta piedra, por ejemplo --señala--, es original prehispánica y la dejaron como parte del altar".

Efectivamente, en la parte frontal de éste, a unos centímetros de la cabeza de Fray Juan de Zumárraga, aparece el monolito que posiblemente represente a una deidad solar del panteón Mexica.

"Todo esto es simbólico, todo", exclama Socorro Sentíes, "aquí en la Catedral no vas a encontrar una sola cosa que esté puesta nada más porque al padrecito le gustó, sino porque tiene un significado y un simbolismo".

Abandonamos el lugar con la convicción de que en este espacio no sólo conviven varias culturas, sino diversas concepciones de la fe.

Síntesis del arte de la Nueva España. La catedral de México es una síntesis del arte de la Nueva España; es heredera del Templo Mayor de la ciudad indígena de Tenochtitlan, y también de la tradición catedralicia medieval y de las devociones coloniales.

Como parte del llamado Zócalo o Plaza de la Constitución, la catedral es centro simbólico al mismo tiempo que eje cósmico, en donde convergen tradiciones y concepciones nuevas y antiguas.

“Tras su imponente fachada barroca y neoclásica llenas de luz, se penetra a la penumbra del espacio sagrado, con sus cinco naves, capillas, retablos y pinturas. Destacan el altar del Perdón, las capillas laterales, la sacristía y el magnífico retablo de los Reyes”.

En algunas ceremonias puede escucharse la música de dos órganos monumentales, uno de ellos adquirido en Europa y otro fabricado en esta tierra.

Después de más de cuatro siglos el subsuelo alterado de la ciudad ha causado el hundimiento de muchos edificios como la catedral. Las obras de rescate, visibles en parte, han evitado su desplome.

El proyecto catedralicio transitó por los tres siglos novohispanos recopilando estilos artísticos, devociones de toda índole, ceremonias fastuosas y marcó el ritmo de la vida en la ciudad colonial con su amplio repertorio de toques de campana. Es por ello que la catedral no sólo es una obra arquitectónica notable, ya que a lo largo de su historia ha fungido como centro social, refugio de pecadores, triunfo del clero secular, antorcha de revueltas, cripta de reposo y centro visible de una nación.

Iniciada en 1572 con planta de cruz latina, tres naves y capillas laterales, posee elementos herrerianos, barrocos y neoclásicos. En sus profundidades existe también el arte acompañado por la técnica que se despliega en las magníficas columnas estriadas que se alzan al cielo y regresan a la tierra en un movimiento infinito.

El retablo mayor es como una gruta celestial imaginada por Jerónimo de Balbás en 1673 con las aportaciones metálicas de los habitantes de la Nueva España.

Su gran peso (que la ha defendido de los temblores) favorece el hundimiento que es desigual debido a las diferencias entre el antiguo islote y los terrenos de relleno, estructuras prehispánicas subyacientes y la extracción de agua en toda la ciudad. El conjunto está siendo renivelado por un portentoso sistema de ingeniería de pilotes de concreto y la subexcabación en zonas determinadas.

La Primera Iglesia mayor que tuvo esta ciudad. Después de la caída de la Gran Tenochtitlan y comenzada la conquista espiritual de la Nueva España, Hernán Cortés mandó construir en 1524 la primera Iglesia Mayor, explican María del Socorro Sentíes y Carlos Vega en su libro Cómo vemos la Catedral Metropolitana de México y su Sagrario en el siglo XXI.

Para la construcción de esta iglesia se utilizaron las mismas piedras de los adoratorios indígenas que Cortés destruyó durante el sitio de la ciudad y se realizó con la mano de obra de los mismos conquistados.

El 12 de diciembre de 1527 se creó la Diócesis de México-Tenochtitlan y en 1528 llegó Fray Juan de Zumárraga como primer obispo electo de la diócesis, elevándose esta primera Iglesia Mayor a la dignidad de la Catedral en 1530 y en Metropolitana en 1547, sólo después que a Zumárraga se le nombró Arzobispo Metropolitano el 11 de febrero de 1546 (se tomó la denominación de metropolitana porque es la Sede del Arzobispado).

Al paso del tiempo, la primera catedral resultó pequeña e insuficiente y se pensó en construir otra más grande y hermosa para honra y gloria de Dios.

En 1573 se empezó a construir la segunda y actual catedral. Entonces era rey en España Felipe II y cuarto virrey de la Nueva España, Martín Enríquez de Almanza, quien estuvo a cargo de la obra junto con el tercer arzobispo Don Pedro Moya de Contreras.

En 1626 se demolió la primera Catedral y se habilitó la sacristía del nuevo templo catedralicio para las celebraciones de los oficios divinos, mientras se le daba término al edificio y se acondicionaba para uso ceremonial.

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Lunes, 25 de Julio de 2005 a las 13:51 por Jesús Olguín Sánchez.

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