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La Patria recobrada

Jueves, 15 de Septiembre de 2005

Alejandro Rosas / Historiador.

Por segunda vez en su corta historia de nación independiente, en el día de la Patria el pabellón tricolor ondeaba asida a una humillante asta bandera: la bayoneta de un ejército invasor. Muchos recordaron entonces el oprobioso mes de septiembre de 1847, cuando las tropas norteamericanas arriaron la bandera mexicana para izar la de barras y estrellas que sobre el Palacio Nacional saludó al valle de Anáhuac, el mismo día en que México recordaba el inicio de la revolución de independencia. Dieciséis años después no eran los norteamericanos sino los franceses quienes violentaban la fecha cívica más importante de la historia mexicana.

Transcurría 1864. El mes de septiembre de los años anteriores había dejado muy malos recuerdos. En 1862, Ignacio Zaragoza, el general que venció a los franceses en Puebla ganando un día de gloria en favor de la Patria, falleció víctima de tifo. Un año después, el ejército de Napoleón III, dueño de la ciudad de México, presenció extrañado cómo los conservadores se atrevían a celebrar la independencia nacional cuando los uniformes del ejército francés estaban salpicados con sangre mexicana. En 1864 la situación no parecía mejorar: el 28 de mayo desembarcaron en Veracruz, Maximiliano y Carlota y en septiembre el emperador decidió pasar las fiestas de "su nueva Patria" en el pueblo de Dolores, cuna de la independencia.

Las condiciones no podían ser menos propicias para el gobierno republicano. Luego de enterarse de la rendición de Puebla en mayo de 1863 y la consiguiente destrucción del ejército nacional que defendía aquella plaza de los franceses, el gobierno de Benito Juárez decidió abandonar la ciudad de México. Comenzó entonces su legendaria peregrinación por los confines del territorio nacional. Por momentos, la Patria sólo ocupó un pequeño y modesto carruaje negro, escoltado por algunos soldados y perseguido por el ejército francés que con paso firme avanzaba sobre las principales ciudades del país. Como lo había augurado tiempo atrás Melchor Ocampo, la nación estaba en peligro.

Durante varios años --de 1862 a 1866--, las fiestas cívicas que conmemoraron el inicio y consumación de la independencia --16 y 27 de septiembre-- se cubrieron de luto con un manto de dolor y tristeza teñido en sangre. La situación parecía irremediable, pero en aquel septiembre de 1864, la Patria se levantó nuevamente.

* * *

Desde el momento mismo en que el cura Hidalgo decidió tomar las armas la madrugada del 16 de septiembre de 1810, la fecha se transformó en el icono de la historia de México, en el bastión moral desde el cual, para bien o para mal, se desencadenarían todos los acontecimientos de la historia de aquel vasto territorio que iniciaba su marcha hacia la independencia. Con un futuro incierto y desconociendo las consecuencias del movimiento revolucionario, la fecha ciertamente anunciaba el nacimiento de una nueva Patria donde convergían presente, pasado y futuro.

Era la Patria de todos. En su seno recogía la nobleza indígena, la valentía de Cortés, la caridad de los primeros franciscanos, el orgullo nacionalista de los jesuitas criollos y la decisión de Hidalgo, Allende, Aldama, Morelos, Guerrero, Bravo, Victoria, Iturbide que con diferentes motivaciones personales decidieron abrazar una causa común: la independencia. Desde 1810 las generaciones quedaron marcadas por aquella fecha.

Bajo el auspicio de Ignacio López Rayón --intelectual insurgente que había tomado el mando del movimiento luego del fusilamiento de Hidalgo y sus compañeros-- septiembre de 1812 registró la primera celebración del "grito de Dolores" con una pequeña ceremonia cívica. Un año después, en plena guerra, Morelos presentó al Congreso de Anáhuac el documento Sentimientos de la Nación en el cual propuso "que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la independencia y nuestra santa libertad comenzó, pues en ese día se abrieron los labios de la Nación para reclamar sus derechos y empuñó la espada para ser oída".

Ni en los momentos en que el país frisaba los límites de la desintegración, la anarquía y el caos; ni en medio guerras civiles y dictaduras que azotaron al México independiente durante décadas, el día de la Patria dejó de celebrarse: "El 16 de septiembre --escribió Justo Sierra a finales del siglo XIX-- fue desde entonces [1810] una festividad nacional. Jamás ha dejado de serlo. Se han aumentado o suprimido otras fiestas patrióticas; pero ningún gobierno, ni el del Imperio acaudillado por Iturbide, ni los que han buscado el apoyo de la antigua España, ni el segundo Imperio, se han atrevido a arrancar esa fecha de los fastos mexicanos que el primer acto de la voluntad de la nación declaró sacrosanta".

La fecha se convirtió en un símbolo. Por un instante, por un solo momento la independencia hizo a todos los hombres iguales en un sentido tan amplio que el único elemento que podía llevarlos a la desigualdad --como escribió Morelos en 1813-- era el vicio o la virtud. La nobleza de la nación, no radicaría en los títulos nobiliarios o en las propiedades sino en el saber, el patriotismo y la caridad.

En 1821 Agustín de Iturbide comprendió las implicaciones políticas de enarbolar la causa de la independencia a través de la igualdad y convocó a todos los habitantes de la Nueva España a contemplarse a sí mismos bajo un gentilicio común. Ya no se hablaría de castas, peninsulares, criollos o mestizos. Desde 1821 todos serían americanos.

El manto de la nueva Patria era tan extenso que abarcaba los poco más de cuatro millones de kilómetros cuadrados de territorio y en él a todos sus hijos. El júbilo se desbordó. Al menos por un día todos fueron iguales.

"El 27 de septiembre --escribió Alamán-- fue el único día de puro entusiasmo y de gozo sin mezcla de recuerdos tristes o anuncios de nuevas desgracias que han disfrutado los mexicanos... la esperanza halagüeña de grandezas y prosperidades sin término, ensanchaban los ánimos y hacían latir de placer los corazones".

Un día de júbilo y alegría. Era la Patria que al fin se llamaba mexicana.

* * *

Las pocas noticias recibidas por el gobierno republicano en septiembre de 1864 eran desoladoras. Según informes recibidos, después de la fría recepción que el pueblo veracruzano había brindado a sus majestades imperiales, Puebla y México se habían entregado por completo ante Maximiliano y Carlota.

La esperanza de la nación descansaba en los restos del ejército mexicano que invadido por el desánimo se agrupaba en guerrillas y combatían aisladamente en diversos puntos del territorio. Se estaba peleando la segunda guerra de independencia.

El día de la Patria de 1864, el modesto carruaje negro hizo alto en una inhóspita región de Durango, cerca de los límites con Chihuahua, llamada la Noria Pedriceña. Sus ocupantes, Juárez, Prieto, Iglesias y Lerdo de Tejada decidieron buscar un lugar donde pasar la noche. Empezaba a soplar un viento frío sobre aquel desértico paisaje. Se encendieron algunas fogatas y se habló poco.

Fue la propia adversidad la que propició una de las celebraciones patrióticas más emotivas del siglo XIX. "Los aniversarios comunes de las fiestas de la independencia --escribió José María Iglesias-- tienen necesariamente algo de rutina. A semejanza de lo que ocurrió en el humilde pueblo de Dolores la noche del 15 de septiembre de 1810, el 16 de septiembre último [1864] vio congregados unos cuantos patriotas, celebrando una fiesta de familia, enternecidos con el recuerdo de la heroica abnegación del padre de la independencia mexicana, y haciendo en lo íntimo de su conciencia el solemne juramento de no cejar en la presente lucha nacional, continuándola hasta vencer o sucumbir".

La noche había caído y solo se escuchaba el crujir de la madera que se consumía entre las llamas de las fogatas. Reconocido por sus dotes oratorios y su excelente pluma, alguien sugirió que Guillermo Prieto elevara una oración para evocar la gloriosa jornada de 1810. "La patria es sentirnos dueños de nuestro cielo y nuestros campos, de nuestras montañas y nuestros lagos, es nuestra asimilación con el aire y con los luceros, ya nuestros; es que la tierra nos duele como carne y que el sol nos alumbra como si trajera en sus rayos nuestros nombres y el de nuestros padres; decir patria es decir amor y sentir el beso de nuestros hijos..., Y esa madre sufre y nos llama para que la libertemos de la infamia y de los ultrajes de extranjeros y traidores"

En sus palabras se combinaron las imágenes del tiempo, el paisaje mexicano, su historia, la época prehispánica, la colonia, la independencia y el primer imperio, las guerras y los conflictos internacionales y en todo momento, a pesar de las pruebas, la Providencia había concedido a la Patria salir airosa de la adversidad y la guerra contra la intervención y el imperio no sería la excepción.

El 16 de septiembre fue llamado por la historia y con razón, el día de la Patria. No solo es el recuerdo de Hidalgo y su estandarte de la virgen de Guadalupe; ni de Morelos y los Sentimientos de la Nación ni de Iturbide y la consumación de la Independencia. Es el reconocimiento de todo lo que fue conformando a la Patria que nació en 1821, nutrida con su pasado prehispánico y colonial, su presente insurgente y su futuro independiente. Muchos creyeron en ella aún en la adversidad y pensaron que momentos como 1847 o 1864 podían superarse. Sus palabras resultan vigentes, en momentos en que la nación parece derrumbarse.

"Basta que no se desespere de la salvación de la Patria --escribió Lucas Alamán--, para que se trabaje con empeño en procurarla. Las desgracias que ella ha experimentado, los desaciertos que se han cometido... no deben abatir el ánimo ni abatir las esperanzas de los que aman a su país. Todas las naciones han tenido épocas de abatimientos; pero la constancia en la adversidad, la prudencia de los gobiernos y la ilustrada cooperación de los ciudadanos, las han salvado de situaciones que parecían irremediables, y las han elevado después al colmo del poder y de la gloria".


Correo electrónico: arr1910@cablevision.net.mx

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Jueves, 15 de Septiembre de 2005 a las 10:29 por Jesús Olguín Sánchez.

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