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El arte de ejercer la autoridad: Venustiano Carranza

Jueves, 2 de Febrero de 2006

Alejandro Rosas / Historiador.

Era literalmente el “primer jefe”. Su autodenominación --avalada por otros revolucionarios-- tenía algo de soberbio pero se apoyaba indudablemente en la razón de quien sabe ejercer el poder y hace respetar la autoridad. Venustiano Carranza fue, junto con Calles, el único hombre de toda la generación revolucionaria con la altura de estadista.

Su mejor escuela fue el porfiriato. Comenzó de presidente municipal de Cuatro Ciénegas, Coahuila y llegó a ser gobernador interino de su estado natal. Como diputado local padeció las imposiciones e intrigas del gobierno del centro y siendo diputado federal y senador respiró el servilismo del “club de amigos del presidente”, como se le conocía al nada “honorable” Congreso de la Unión. Durante los últimos años de la dictadura apostó en favor del reyismo y vio las puertas de su futuro político cerrarse frente a sus ojos cuando se abrían las del movimiento revolucionario.

Carranza esperó hasta el último momento antes de incorporarse a la revolución de 1910. Por su vasta experiencia política, Madero --por quien nunca sintió aprecio-- lo nombró Secretario de Guerra y Marina en su gabinete provisional de Ciudad Juárez. Criticó los arreglos de paz aceptados por don Francisco. Conocía la forma como los porfiristas movían los hilos de la política --siempre a su favor-- y vio en los tratados de Ciudad Juárez la futura derrota del movimiento armado. “Revolución que transa, revolución que se suicida” fue su única expresión.

El asesinato de Madero en 1913 le dio la razón. Sin que nadie pudiera hacerle sombra, desde la gubernatura de Coahuila desconoció a Huerta y se levantó en armas enarbolando el plan de Guadalupe. Su intención era clara: restaurar el orden constitucional roto con el golpe de estado y de paso ocupar la presidencia de la república.

Don Venustiano se veía a sí mismo como un nuevo Juárez. Pensaba, actuaba y ejercía el poder como el propio don Benito. Frente a sus amigos se mostraba frío e impasible, frente a sus enemigos implacable. Lo movía la historia. El sentido de sus decisiones sólo tenía lógica a la luz de su profundo conocimiento del pasado. Una de las medidas adoptadas por el primer jefe, fue poner en vigor la añeja ley del 25 de enero de 1862, con la cual en 1867 fueron juzgados Maximiliano, Miramón y Mejía, y todos aquellos que hubiesen prestado servicios a la intervención francesa y al imperio de Maximiliano. En 1913, Carranza la utilizó para combatir a los enemigos de la revolución.

Ante propios y extraños, se mostraba impenetrable, sereno, calculador, serio, “tan autócrata en la charla como en todo lo demás”. Isidro Fabela --uno de sus más cercanos colaboradores-- recordaría tiempo después su primer encuentro:

“La acogida que me diera el señor Carranza me dejó desconcertado. Yo que lo admiraba tanto..., yo, que esperaba del ilustre patricio unas palabras de aprobación a mi conducta; un ademán benevolente y de simpatía humana o política hacia mi juvenil y romántico amor por la libertad y la Revolución, encontré en él un silencio helado que me dejó sorprendido y perplejo”.

Sólo un hombre con su carácter y su visión pudo manejar temperamentos como el de Álvaro Obregón y Francisco Villa. Reunir a su alrededor a revolucionarios tan diferentes como Pablo González y Lucio Blanco o ganarse la confianza de intelectuales como Isidro Fabela y Luis Cabrera. Con excepción de Zapata, cuya única bandera era su plan de Ayala, Carranza logró mantener bajo su jefatura, la unidad revolucionaria durante un año y medio, tiempo suficiente para acabar con Victoriano Huerta.

“Entra a ser el personaje principal de un gran drama --escribió Ramón Puente--, a volverse reformador, conductor de fuerzas ciegas, y moderador de ambiciones; penetra a un crisol que derrite y que funde, a una tempestad que aniquila hasta exterminar a sus propios hijos. Conforme crece el aquilón se le mira más animoso, a medida que se complica el drama, su audacia va hasta quemarse las alas, con la conciencia de que aquella aventura ‘le costará la vida’”.

También era un hombre práctico. Al suscitarse la invasión norteamericana a Veracruz --abril de 1914--, Carranza se limitó a condenar enérgicamente el atentado a la soberanía nacional pero rechazó cualquier tipo de alianza con Huerta para enfrentar a los invasores. Por cálculo, prefirió desaparecer al huertismo de la faz de la tierra y luego negociar el retiro de las tropas estadounidenses. De esa forma evitaría la intromisión de Washington en los asuntos internos de México –como pretendía hacerlo el presidente Woodrow Wilson.

A la hora del triunfo Carranza no vaciló como lo hizo Madero. La rendición del gobierno huertista fue incondicional y no tuvo empacho en ordenar la disolución del ejército federal. De acuerdo con el plan de Guadalupe debía asumir la presidencia de la república y convocar a nuevas elecciones, pero al interior del ejército constitucionalista se anunciaba la crisis: diferencias entre Carranza y Villa apuntaban hacia un enfrentamiento irremediable.

La soberana convención revolucionaria --último intento por evitar la guerra-- desconoció a Carranza como primer jefe del ejército constitucionalista. Don Venustiano ni se inmutó, sabía de antemano cuál sería la resolución. Sin reconocer tampoco al gobierno surgido de la convención, Carranza se vio nuevamente en Benito Juárez. Siguiendo los dictados de la historia abandonó la ciudad de México y estableció su gobierno en Veracruz, desde ahí pretendía, al igual que don Benito, iniciar la gran reforma del estado.

“Vengo a esta tierra hospitalaria, que sirvió de baluarte a Juárez y en donde hizo los cimientos de la Reforma, a buscar abrigo para formular los principios que sirvan de fundamento a las nuevas instituciones que harán grande, poderosa y feliz a la Nación mexicana. Yo no os pido más que dignidad para salvar a la patria oprimida; amor para acabar con la discordia que nos divide y degrada; paciencia y fe para curar las llagas que nos han hecho pobres y miserables, convirtiéndonos en parias de nuestro propio suelo”.

Desde las arenas de Veracruz expidió una serie de disposiciones agrarias, fiscales, de trabajo, de libertad municipal, de estado civil, judiciales y en materia de minas y petróleo; legalizó el divorcio y el reparto de tierras, sujetó la explotación petrolera al control del Estado, instituyó el municipio libre y estableció la jornada máxima de trabajo y el salario mínimo. A través de la legislación pretendía tomar las banderas ideológicas de sus enemigos --como el caso de la ley agraria, golpe brutal contra el zapatismo-- y legitimar su movimiento a través de un marco jurídico.

Con el triunfo de Obregón sobre el villismo en 1915, Carranza regresó a la ciudad de México. El año siguiente fue difícil. Con la invasión de Villa a la población norteamericana de Columbus, Carranza se vio forzado a permitir el paso de tropas extranjeras para buscarlo. La situación fue tensa, pero en los últimos meses de 1916, su mente ya estaba puesta en la gran reforma del estado. La convocatoria al Congreso Constituyente reunió a todos los legisladores para discutir una nueva constitución. Y en otro arrebato de historia, Carranza designó a Querétaro capital de la república mientras se realizaban las sesiones del constituyente:

“Al partir de Veracruz tenía yo fija la mirada en Querétaro. Ha sido un motivo de satisfacción para mí haber venido a fijar aquí la residencia accidental del Gobierno, para continuar la obra que hemos emprendido; y al haberme fijado en Querétaro, es porque en esta ciudad histórica, en donde casi se iniciara la Independencia, fue más tarde donde viniera a albergarse el Gobierno de la República para llevar a efecto los Tratados, que si nos quitaban una parte del territorio, salvarían cuando menos la dignidad de la Nación; y fue también donde cuatro lustros después se desarrollaran los últimos acontecimientos de un efímero imperio al decidirse la suerte de la República triunfante después de una larga lucha. Aquí señores, se expedirán probablemente las últimas leyes, se darán los últimos decretos y tal vez hasta la última Constitución que México necesita para que pueda encauzarse, para que pueda mantener su independencia”.

El 5 de febrero de 1917 Carranza llevó a feliz término la idea que traía en mente desde el inicio de la revolución de 1913. En la nueva constitución convergieron ciertamente todas las demandas sociales, políticas y económicas que habían dado sustento ideológico a la lucha armada. Innegablemente, los artículos sobre la educación (3º), el derecho a la tierra y la reivindicación del suelo y del subsuelo como propiedad originaria de la nación (27), la cuestión obrera (123), y la relación iglesia-estado (130), mostraban una legislación nacionalista, moderna y vanguardista en cuestión social. Los mexicanos atestiguaban el nacimiento del estado revolucionario

Sin embargo, en su discusión la carta magna fue excluyente. Los constituyentes de 1917 defendieron y debatieron con libertad posiciones que transitaban del más férreo radicalismo hasta cierto grado de conservadurismo -el propio Carranza guardó una posición moderada frente a las grandes reformas sociales, su pasado porfiriano se lo exigía. Pero cualquiera que fuese la posición política, entre los hombres de Querétaro había un punto fundamental de unión: todos eran leales a don Venustiano. Nadie se permitió escuchar las voces de los derrotados. Simplemente les arrebataron sus banderas. El nuevo pacto social surgido de la Constitución, se construyó únicamente con la percepción de los vencedores.

Con la máxima ley promulgada, Carranza asumió constitucionalmente la presidencia. No le era desconocida. Llevaba cuatro años ejerciendo el poder de facto en medio del caos revolucionario. Su periodo fue simplemente una extensión de tiempo pero con una diferencia cualitativa: las armas comenzaban a ser sustituidas por las leyes, y la Constitución le otorgó una legitimidad indiscutible.

El carácter inescrutable de don Venustiano le permitió cubrir la investidura presidencial con cierto velo de misterio y de respeto. “Sé bien que este personaje no es de los que se dejan sondear -escribió Vicente Blasco Ibáñez. Hombre acostumbrado a la política de un país donde el disimulo resulta una de las mejores virtudes, no es fácil conocer su pensamiento verdadero”. Pero si en algo era transparente lo fue en la forma como ejercía su poder y su autoridad --sin cortapisas-- incluso hasta llegar al extremo de la crueldad.

Cuando tuvo a sus enemigos a tiro de piedra, no pensó siquiera en concertar la paz a través del diálogo. Prefirió eliminarlos. En 1919 ordenó al general Pablo González que acabara con el zapatismo a través de cualquier medio posible. El 10 de abril, recibió el cadáver de Emiliano Zapata caído en una abominable traición realizada con la venia del mismo presidente. Meses después, le informaron de la captura del otrora brazo derecho de Pancho Villa, el general Felipe Ángeles, que regresaba al país buscando la reconciliación de los partidos, la paz de la patria y el establecimiento definitivo de la democracia. Pero bajo el nuevo régimen, el hombre honesto, idealista y sensible al dolor provocado por la guerra, el mismo que acompañó a Madero en sus últimas horas de vida, tenía contados sus días. Su juicio en Chihuahua fue una gran farsa y a pesar de las peticiones de indulto que llegaron, incluso del extranjero, Carranza fue inconmovible: la sentencia estaba dada. Felipe Ángeles murió fusilado la mañana del 26 de noviembre de 1919.

Con la constitución en sus manos, Carranza intentó consolidar el poder presidencial. Quiso alejarlo de la violencia revolucionaria, dotarlo de una estructura jurídica, de un marco legal que garantizara su estabilidad frente a cualquier acontecimiento. Lo consiguió. Pero al acercarse la sucesión presidencial en 1920, el visionario, el hombre que conocía la historia de México con detalle, el nuevo Juárez, no tuvo una adecuada lectura de los tiempos políticos y violentó su propia historia: impuso por todos los medios a su alcance, a un candidato civil, --desconocido y gris-- de nombre Ignacio Bonillas, cuando el país llamaba a gobernar al victorioso y carismático general Álvaro Obregón.

Una serie de desencuentros con Carranza sirvieron de pretexto a los sonorenses para desafiar al gobierno federal. Al comenzar el año de 1920, Adolfo de la Huerta, gobernador de Sonora acusó al presidente de entrometerse en los asuntos estatales y el Ejecutivo con su característica autoridad envió tropas al norte y decretó la desaparición de los poderes locales. La respuesta de los generales sonorenses no se hizo esperar, el 23 de abril, de la Huerta y Calles promulgaron el plan de Agua Prieta y se levantaron en armas contra el presidente.

Si en 1913 Carranza había logrado reunir a la mayor parte de los revolucionarios en torno a su persona, en 1920 logró hacerlo pero en su contra. La rebelión se generalizó en el país entero. Grupos de todos los rincones de la república --zapatistas, villistas, maderistas, convencionistas, huertistas, porfiristas y hasta los mismo carrancistas-- se levantaron “como un solo hombre” en contra del viejo. Carranza recurrió a la historia: como en 1914 --como Juárez en la guerra de Reforma--, intentaría establecer su gobierno en Veracruz, reorganizar a su ejército y dar nuevamente la batalla.

Nada debía minar su autoridad. Su fortaleza emanaba de la legalidad. Lo sabía. Ni en momentos tan dramáticos como la muerte de su hermano en 1915 había claudicado, aún a sabiendas de que podía salvarlo si cedía a las pretensiones de varios revolucionarios de la región del istmo que lo mantenían secuestrado. Su frialdad, “helaba”. Y con esa misma actitud enfrentó su destino.

Traicionado por todos sus antiguos amigos --escribió Vicente Blasco Ibáñez-- rodeado de fuerzas enemigas, cortado el camino de su retirada a Veracruz, desbandadas las tropas que aún le quedaban fieles, otro se hubiese entregado fatalistamente a su destino. Pero la principal virtud de Carranza es la tenacidad, una tenacidad vencedora del tiempo y del espacio, y despreciadora del destino. Es casi seguro que sus enemigos, infinitamente más numerosos, acabarán por prenderle. Hay que reconocer que Carranza se defiende contra la desgracia de un modo heroico.

La historia le dio la espalda. Luego de varios días recorriendo los desfiladeros de la sierra de Puebla, soportando la intensa lluvia tropical, padeciendo el terrible calor y con la posibilidad de encontrar al enemigo en cualquier momento, Carranza y un pequeño grupo de leales llegaron a Tlaxcalantongo. Era cerca de la media noche del 20 de mayo de 1920. Antes de conciliar el sueño pensó por última vez en la historia, en sus desconocidos designios, en sus caprichos que mueven la voluntad de los hombres. Consciente de su situación, con cierto pesimismo se le escuchó decir: “Digamos como Miramón en Querétaro: ‘Dios esté con nosotros las próximas veinticuatro horas”. En la madrugada del 21 de mayo fue asesinado.

Murió con la dignidad de quien se conoce protagonista de la historia. Estoico frente a la desgracia, nunca aceptó el título de general, prefería el término utilizado por amigos y enemigos, el que portaba con gallardía. “Quizá no sea éste el genio que a México le hace falta –escribió Martín Luis Guzmán-, ni el héroe, ni el gran político desinteresado, pero cuando menos no usurpa su título: sabe ser el Primer Jefe”.


Correo electrónico: arr1910@cablevision.net.mx

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Jueves, 2 de Febrero de 2006 a las 16:24 por Jesús Olguín Sánchez.

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